Entrevista a Raquel Luján Soto: La agricultura-ganadería y la pandemia del COVID-19

Raquel Luján Soto es doctoranda de último año. En su investigación aplica técnicas participativas para analizar los impactos de la agricultura regenerativa, profundizar en el conocimiento local y evaluar su adopción a gran escala. Desarrolla su investigación en el Grupo de Conservación de Suelos y Aguas del Centro de Edafología y Biología Aplicada del Segura (CEBAS-CSIC) y en el Equipo de investigación en Agroecología, Soberanía Alimentaria y Bienes Comunes, del Instituto de Sociología y Estudios Campesinos de la Universidad de Córdoba (ISEC-UCO) con una prestigiosa beca de la Fundación ´la Caixa’. Antes de iniciar su proyecto de tesis ha colaborado en varios proyectos de investigación en relación a la agroecología y restauración de agroecosistemas degradados en diferentes partes del mundo.

En esta entrevista Raquel refleja su visión personal sobre la relación entre la pandemia y el modelo de producción agrícola y ganadero imperante.

¿Cuáles son las relaciones entre la pandemia y el modelo de producción agrícola y ganadero?

Existen claras relaciones entre el potencial desarrollo de pandemias como la actual COVID-19 y diferentes modelos de producción de alimentos. Hace unos años participé en un proyecto financiado por la Comisión Europea, cuya meta era generar estrategias que desarrollasen vacunas para reducir enfermedades de animales criados en granjas intensivas. Entre las principales enfermedades a poner freno destacaban las enfermedades respiratorias. Recorrí el Mediterráneo Español realizando entrevistas a ganaderos cuyas explotaciones habían sido absorbidas por grandes empresas integradoras, las cuales determinan desde los cerdos que el ganadero va a criar, al valor de venta, hasta el tipo de insumos necesarios para la producción animal. Entre los insumos destacan la alimentación y los medicamentos.

La alimentación es principalmente a base de piensos de soja transgénica, como la producida en la Amazonia brasileña o el Chaco argentino, zonas que también había tenido la oportunidad de recorrer años antes personalmente. La plantación de soja transgénica ha generado en estas áreas la expulsión de comunidades campesinas indígenas de sus territorios originarios, la deforestación y pérdida de biodiversidad de dos de los pulmones más importantes del planeta, y la contaminación de grandes extensiones de tierra por el uso de herbicidas y agroquímicos.

Por otro lado, están los medicamentos, que se usan sistemáticamente para controlar las enfermedades casi endémicas de este sistema de producción agroindustrial. El uso de medicamentos es necesario porque el hacinamiento hace que estos animales “virtualmente” coman y defequen en el mismo espacio, generando animales potencialmente inmunodeprimidos, caldo de cultivo idóneo para las mutaciones de virus, y especialmente peligroso cuando se trata de cerdos, ya que su sistema inmunológico es muy semejante al de los seres humanos.  De hecho, ya son numerosos los estudios, como el recientemente publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences, que alertan sobre el salto potencial de enfermedades respiratorias de tipo Influenza de cerdos a humanos. 

Esta experiencia refleja que, en nuestros sistemas agroalimentarios, desde que nace un animal en una granja, o germina una semilla en un campo agrícola, hasta que llega a nuestros platos y vasos, existe todo un sistema complejo de interacciones que afectan a nuestra salud, sostenibilidad y economía, y a la de muchas otras poblaciones.

¿La agricultura puede formar parte de la solución hacia un desarrollo más sostenible?

Por supuesto, existen alternativas como las que promueve la soberanía alimentaria a través de la agroecología, que fomentan modelos agroalimentarios sostenibles, sanos, así como económica y socialmente justos. Las pequeñas y medianas explotaciones agrícolas y ganaderas, y principalmente aquellas basadas en la producción ecológica y agroecológica, presentan una alternativa al modelo agroindustrial. Este modelo productivo tiene una menor dependencia de insumos externos, y está embebido en una lógica de desarrollo y gestión de sistemas de producción de alimentos ecológicamente y socialmente sostenibles. Si además, estas experiencias de producción se integran en la lógica de la economía social, como es el caso de muchas cooperativas agrarias, estas experiencias aumentan su poder transformador, favoreciendo el bienestar de las personas y de los ecosistemas por encima de la acumulación de capital en unas pocas empresas multinacionales. Estas pymes que predominan en el sector agrícola nacional, son el motor de la economía rural, y mantienen un medio rural vivo en la España vaciada. Pero como viene denunciando la Coordinadora de Organizaciones de Agricultores y Ganaderos (COAG), estas pymes están en desaparición continua ante el proceso de integración y concentración de tierras por parte de empresas multinacionales y fondos de capital de riesgo. Uno de los grandes retos como sociedad consiste en cómo producir suficientes alimentos para la población mundial de forma eficiente y saludable sin desperdiciar en el proceso de producción. La transición a esta forma de producción sostenible, minimizando los impactos negativos sobre el medio ambiente e injusticias sociales, sin duda tiene que ir acompañada por una transición en la forma de consumir, como una reducción en el consumo de carne y lácteos, y un mayor consumo de alimentos kilómetro cero, y de producción agroecológica.

¿Cómo ha afectado la pandemia a la demanda de alimentos?

Yo diría que la pandemia ha acentuado la demanda de productos generados tanto por el modelo agroindustrial de las grandes superficies como por el modelo agroecológico de las pequeñas y medianas producciones y mercados locales. El consumo de productos del modelo agroindustrial domina, de forma generalizada, en los países del norte global, y el Estado español no representa una excepción. Las medidas impuestas por el Gobierno y las instituciones públicas durante la cuarentena y el posterior estado de alarma, con la prohibición de desplazamientos a granjas, huertos y corrales de autoabastecimiento, y el cierre de los mercados locales y de venta directa, han fomentado la compra de productos en las grandes superficies. Esto no sólo favorece la concentración de poder en unos pocos grupos empresariales de ámbito multinacional, sino que también impide el acceso de las personas consumidoras a alimentos sanos y frescos producidos de forma local.

Por otro lado, también ha habido un aumento en la demanda de productos locales, producidos de forma ecológica y agroecológica. La percepción de un mayor riesgo al contagio por COVID-19 en las grandes superficies ha generado en algunos sectores de la población una apuesta por otro tipo de consumo, lo que ha fortalecido económicamente muchas experiencias agroecológicas y de producción local. Sin embargo, este aumento de la demanda representa un incremento mínimo. Y aquí cabe hablar de la escalabilidad de los proyectos agroecológicos para alimentar a la totalidad o un alto porcentaje de la población. Aunque las experiencias existentes en el ámbito de la agroecología y la agricultura ecológica son fundamentales para el desarrollo de sistemas sostenibles, la falta de apoyo institucional y la falta de competitividad con el mercado multinacional va en detrimento de un modelo prometedor en el actual panorama de desaparición de pymes, escasos proyectos agroecológicos y economías precarias.

¿Esta demanda ha tenido alguna repercusión socio-cultural en el sector rural?

Por supuesto. Una de las principales repercusiones socio-culturales fue la movilización de más 600 organizaciones, incluyendo grupos de investigación, cooperativas de personas productoras, asociaciones ecologistas, sindicatos y colectivos de todo el Estado español que, a través de la campaña #SOS campesinado, reclamaban a las instituciones públicas el establecimiento de medidas, y ofrecían propuestas, para proteger al campesinado, la pequeña producción agroalimentaria, y la economía local.

Además, también han sido numerosas las movilizaciones y denuncias realizadas sobre las condiciones de semi-esclavitud y precariedad laborar de las personas trabajadoras del campo, de las que se han hecho eco los medios de comunicación nacionales e internacionales. Por ejemplo, hay un reportaje muy completo que fue publicado en la revista The Guardian titulado “We pick your food”, en el que se recogen historias sobre condiciones de explotación y precariedad de migrantes temporeras/os en el “Mar de Plástico” almeriense.

¿Cuál ha sido el impacto de la pandemia a nivel ecológico en el sector agrícola? 

A mi entender, y desde lo que observo en el sureste peninsular, zona donde trabajo, la pandemia “per se” no ha tenido ningún impacto ecológico. Sin embargo, la pandemia sí que puede tener un impacto ecológico importantísimo en un futuro próximo y a largo plazo dependiendo del modelo de producción de alimentos que se apoye. Es innegable que el mayor reto que sufre el sector agrícola a nivel mundial no lo provoca la pandemia, que el mismo sistema ha generado, sino el cambio climático y la desertificación que avanzan mundialmente, y en concreto en la península ibérica, y que también el mismo sistema ha generado.

El Joint Research Centre de la Comisión Europea publicó en 2019, después de 20 años la tercera edición del Atlas Mundial de la Desertificación. Este Atlas muestra el estado de degradación y cómo prácticas como la deforestación, el cultivo industrial en zonas semiáridas, el uso intensivo de fertilizantes químicos y riego, o la labranza intensiva son las principales causantes de la desertificación a escala Mundial. A pesar de que el panorama es desolador, el mismo Atlas propone como solución el manejo sostenible de los agroecosistemas, usando prácticas que conserven suelos y aguas. También la Organización de las Naciones Unidas de la Alimentación y la Agricultura (FAO), señala a la agroecología como modelo para transitar hacia sistemas alimentarios y agrícolas sostenibles. La propuesta agroecológica, que recientemente están apoyando algunas instituciones, fue generada y viene siendo reivindicada desde los años 90 por organizaciones como La Vía Campesina, movimiento formado por alrededor de 150 organizaciones de 69 países diferentes que recoge las voces de millones de agricultoras y agricultores, trabajadoras/es rurales, jornaleras/os, y comunidades indígenas.

¿Cómo ves el sector agrícola en los próximos años? ¿Habrá cambios?

Los habrá, y todo apunta a ello. Algunos de estos cambios ya se vienen gestando y materializando en los últimos años. Un ejemplo es el Pacto de Milán que surge en 2015, y al cual se han suscrito más de 200 ciudades de todo el mundo, entre ellas Valencia o Córdoba. Dichas ciudades se comprometen y han tomado medidas concretas para trabajar en el desarrollo de sistemas alimentarios sostenibles, inclusivos, resilientes, seguros y diversificados, así como para asegurar comida sana y accesible a todas las personas. El éxito de esta iniciativa radica en el establecimiento de medidas a partir del diálogo horizontal entre ayuntamientos, movimientos sociales que agrupan a personas productoras, ONG’s como Justicia Alimentaria, Ecologistas en Acción o Ingeniería Sin Fronteras, y grupos de investigación que apoyan transformaciones ecosociales de base.

En cuanto respecta al futuro próximo es imprescindible hablar del Pacto Verde Europeo. Este Pacto es una hoja de ruta de la Comisión Europea para lograr que la economía de la UE sea sostenible, transformando los retos en materia de clima y medio ambiente en oportunidades. En él se indica que los Planes Estratégicos Nacionales de la PAC, Política Agrícola Común, deben reflejar plenamente la ambición de este Pacto Verde. Dentro de las acciones clave de este Pacto Verde, existen dos con una grande influencia en el sector agroalimentario. Estas dos acciones tituladas “De la Granja a la Mesa” y la “Estrategia de la UE sobre Biodiversidad para 2030” promueven una serie de acciones para la transición hacia sistemas alimentarios sostenibles en la UE, así como fomentar esta transición a nivel mundial. En lo concreto se promueven acciones como la reducción en un 20% del uso de fertilizantes químicos, o que al menos el 25% de la superficie agraria europea debe de ser de agricultura ecológica. Sin embargo, el Pacto Verde Europeo también ha sido criticado desde varios sectores de la sociedad, ya que recuerda a la antigua idea de un crecimiento verde constante ignorando los límites materiales del planeta, siendo tachado de utópico e ingenuo.

Por todo lo cual, se esperan cambios en el sector agrícola y se vuelve imprescindible apostar por modelos de producción de alimentos sostenibles como los que vienen reivindicando movimientos sociales, cientos de organizaciones agrarias y ecologistas, centros de investigación y ONG’s, y que pueden y nos quieren alimentar de manera saludable, segura, sostenible y justa.

Foto de portada: Raquel Luján Soto.

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